Si hay alguien que puede enorgullecerse de hacer honor al título de esta sección, ‘Gente de andar por casa’, son los sacristanes de la Basílica de Nuestra Señora de las Angustias –Luis Miguel, Juan Antonio y Pepe Gámez- encargados, como San Pedro, de controlar a los fieles en este otro Cielo de la Patrona de Granada y velar, llaves en mano, para que el complejo engranaje de la vida parroquial funcione a la perfección. Son muchos los grupos, actividades, celebraciones, cultos, festividades, sacerdotes, voluntarios y profesionales de los que hay que estar pendientes, como muchos también los obstáculos y dificultades que se han sumado en este último año por las medidas sanitarias y restricciones de espacio impuestas por las autoridades. Sin duda, todo un trabajo de logística del que hoy nos habla el sacristán titular, Luis Miguel Gámez.
Se puede decir que lleva prácticamente en el ADN a la Virgen de las Angustias. ¿Cómo recuerda la vida en el barrio de la Virgen, donde creció y estudió?
Siempre en torno al parroquia desde que estábamos en el colegio. Recuerdo que salíamos de Escolanía al mediodía, hacíamos ya algunas cosillas y ayudábamos a las madres que eran las que limpiaban por aquel entonces. Íbamos cogiendo experiencia desde muy pequeños y poco a poco nos hacíamos cargo de otras tareas más complicadas. Con seis o siete años ya ejercíamos como monaguillos y veníamos a la Misa de las nueve, antes de entrar al colegio, o íbamos a la Coral. Todos los hermanos hemos sido acólitos.
Otro pilar muy importante supongo que ha sido también su vinculación a la Hermandad de la Encarnación.
Si. Prácticamente entré en la Basílica y en la Hermandad de Jesús Cautivo y María Santísima de la Encarnación al mismo tiempo porque soy Hermano de la Encarnación desde 1981 cuando se fundó. Sobre todo, me ha influenciado mucho la figura de la Madre.
Tiene el privilegio de ser la primera persona que saluda a la Virgen de las Angustias y la última en despedirse de Ella cada vez que se abren y cierran las puertas de la Basílica. ¿Qué le transmite en esos momentos?
Sobre todo, energía. Cuando llegas por la mañana, te da mucha paz y el regalo de un nuevo día por delante. Cuando termino por la noche, aunque lo haga cansado, siempre hay un rato para Ella. La despedida viene a veces en forma de oración o de conversación con Ella. Generalmente hablo más que rezo.
Junto a don Blas y don Francisco ha vivido también el confinamiento junto a la Virgen. Primero, a puerta cerrada por tener su domicilio justo al lado, y a puerta abierta, después en la desescalada, cuando se permitió ver a la Patrona tras la cancela de la entrada principal. ¿Cómo fue su experiencia en aquellos meses?
Fueron días muy complicados y de mucha soledad y al menos podía verla a Ella y tener todo este espacio para moverme. No era lo mismo que estar encerrado en un piso durante esos meses. Aproveché para hacer algunas cosas mientras estuvo la Basílica cerrada. Luego, don Blas me propuso abrir la puerta principal con la cancela cerrada para que la gente pudiera pararse y rezar un poco. Por las tardes se me ocurrió poner el disco del Rosario a la hora en la que habitualmente lo reza en la Basílica mi amigo Ginés para que pudieran unirse los que se acercaban a verla en esos días.
¿Qué sintió al ser nombrado sacristán?
Fue una mezcla de tranquilidad y responsabilidad, aquel marzo de 2018. Tal y como está todo conseguía una estabilidad y trabajaba, además, para la Patrona y en algo que me gustaba. Recuerdo que don Francisco me dijo, cuando empecé a sustituir en su mes de vacaciones al anterior sacristán, Agustín, que tuviera en cuenta que era la primera cara visible de la parroquia y eso se me quedó marcado, aunque yo también tengo mis días.
Para aquellos que no lo sepan ¿en qué consiste su labor? Porque no todas las iglesias tienen un sacristán…
No porque es algo que depende de la economía y necesidades de cada parroquia. Estoy como San Pedro, con las llaves para arriba y para abajo todo el día. Aunque la gente no lo crea aquí hay muchísima vida porque son muchos los grupos, los de catequesis, los del jueves, el viernes, Cáritas, la Hermandad….hay que estar pendiente de los despachos, preparar las misas, dejar todo listo para que se revistan los sacerdotes, volver a organizarlo todo después y vigilar cada rincón, más aún como está la vida. En alguna ocasión ha entrado algún indeseable y sin armar mucho escándalo he tenido que disuadirlo y acompañarlo fuera. Hay que procurar que la gente tenga el mayor silencio posible para que pueda rezar tranquilamente.
¿Dónde se aprende un oficio como este?
Fue poco a poco. Tendría yo unos doce, catorce años cuando se jubiló Joaquín. Mientras entraba Pepe, el siguiente sacristán, tuvimos que hacer un poco de sacristanes. Ayudó mucho también el hecho haber sido monaguillo, preparar las misas y todo lo que me habían enseñado en su momento sobre la liturgia, los colores…También aprendí mucho en los veranos en que sustituí a Agustín. Eso me fue dando otra responsabilidad.
Ser sacristán habrá hecho que desarrolle una gran capacidad de observación cuando se convive a diario con tantísima gente. ¿Qué es lo que más ve en las personas que visitan la Basílica?
Te da una gran capacidad de observación y de aguante, también. Aunque la devoción es general hay diferencias entre la gente en la manera de expresarla. Hay quien lo hace más efusivamente o llora y otros que no la expresan, pero sabes que por dentro se rompen. Los hay que se tiran muchas horas rezando y otros a los que les basta con cinco minutos. Y esto no va por tiempos sino por necesidades. También hay gente que viene a pedir perdón. Muchas veces sabes, desde que entran por la puerta, si tienen algún problema familiar o si vienen sólo a hacer una visita. Son cosas que te va dando el día a día.
Sé que es complicado pero, entre todas esas personas, ¿quién se le viene a la mente en estos momentos?
Sobre todo, cuando vienen con bebés porque tienen algún problema. Soy padre y eso te marca. Antes de la pandemia vino una mamá, a la que acababan de darle el alta, tras haber tenido a sus gemelas. Las dos estaban en la incubadora y la madre prefirió pasarse por la Basílica antes de irse a su casa. Recuerdo que estaba a punto de cerrar y me preguntó si podía pasar a rezarle a la Virgen y que le pasaran una medalla por el manto de la Virgen. Conforme me lo explicaba, rompió a llorar y se abrazó a mí.
¿Cómo se ha tomado la feligresía las medidas sanitarias y las restricciones de espacio?
Muy mal porque se creen que las normas las ponemos nosotros y es algo que nos viene impuesto desde la Junta de Andalucía. No terminan de entender que no pueden tocar nada, que hay un aforo limitado y unas determinadas posiciones en los bancos para sentarse y que haya una distancia de seguridad.
¿Se ha sentido en alguna ocasión como el poli malo?
Muchas veces. Sobre todo en el mes de septiembre, el peor, porque fue cuando más gente vino y hubo que cerrar la puerta por seguridad en más de una ocasión al llegar al aforo máximo. Muchas veces pierdes el tiempo explicándoselo a la gente y al final hacen lo que quieren.
No sólo trata con fieles sino con otras muchas personas que forman parte también de la vida parroquial. ¿Cuáles han sido o son un ejemplo para usted?
Don Francisco, sobre todo. Me ha marcado mucho, al igual que don Blas. Admiro la paciencia y la capacidad que tienen. Cuando estás aquí tantas horas es cuando te das cuenta verdaderamente del movimiento que hay y del trabajo que esto tiene. No sólo con los feligreses sino con el propio tema monetario. Hay que lidiar con muchas cosas. Esto es como una casa a lo grande y las amas de casa entenderán más que nadie lo que conlleva esto. También destacaría a don Carlos Torres Quirantes y a la señorita Mari Carmen, de Escolanía, que fue la que nos introdujo aquí en la parroquia. No quiero olvidarme tampoco de un momento muy especial que tuve la suerte de vivir de pequeño en la Basílica con motivo de la visita de San Juan Pablo II en 1982. Me marcó su figura y también el hecho de que me pusiera la mano sobre la cabeza. Quizás por eso, quien sabe, ahora soy el San Pedro de esta Basílica.
¿Cómo se lleva ser el jefe de su hermano Juan Antonio y de su tío Pepe, aunque este último trabaje sólo como voluntario?
No soy jefe de nadie, ni tengo esa etiqueta. Aunque la responsabilidad cae más sobre mí, ellos están suficientemente preparados y nos conocemos demasiado. Cuando yo empecé a trabajar con mi primer jefe, con el que estuve muchos años, me dijo que ni él ni yo éramos más que nadie. Ni él ni yo era quien se equivocaba y ni él ni yo era quien lo hacía bien. Los dos nos equivocábamos o los dos lo hacíamos bien.
En la sombra hay otro integrante muy importante y especial en ese equipo, que es su madre. Como se suele decir, está también para un roto y un descosido…
Siempre ayuda cada vez que le tengo preparada alguna faena. Es madre ante todo y cuando era pequeño, como pasa ahora de grande, era impulsivo. Me peleaba y decía que no venía más a la Virgen. Me preguntaba ¿por quién haces esto? ¿Por este o por el otro?. Yo le contestaba que lo hacía por la Virgen y ella me decía que la Virgen no tenía culpa de nada, me tranquilizaba y me convencía de que volviera. Al día siguiente estaba aquí de nuevo.
Ahora es usted el que ejerce como padre ¿cómo se encuentran aquí sus hijos, Luismi y Pablo?
Muy bien. Luismi debutó ya como monaguillo, aunque ahora no pueda participar como tal por el tema de la pandemia. Sigue viniendo a misa y ayuda en lo que puede, al igual que Pablo, al que le encanta venir a regar los jardines conmigo. A los dos les gusta mucho estar conmigo y acompañarme a abrir y cerrar las puertas.
Un gran equipo
La confianza, compenetración y respeto por el trabajo del otro son esenciales en este gran equipo humano, en el que los vínculos de sangre juegan también un papel determinante. “Llevamos toda la vida juntos -asegura Juan Antonio, hermano mayor de Luis Miguel y su sustituto en los días de descanso- y, ante todo, trabajo con alguien de confianza al que conozco muy bien, con sus cosas buenas, sus fallos y su carácter”. Al igual que Luis Miguel coincide en que “lo más bonito y lo más duro de este trabajo es el trato diario con la gente. Cada persona que viene tiene una historia detrás. Algunos vienen con unos problemas muy gordos pero con una enorme confianza en que la Virgen los va a ayudar. Para otros, sus problemas, por pequeños que sean, son todo un mundo”.
Juan Antonio y Luis Miguel son sobrinos-nietos del entrañable y muy querido ‘Tito Luis’. “Somos de los pocos que podemos llamarle tito Luis de verdad por ser el tío de mi madre. Es toda una institución en la parroquia y hemos aprendido mucho de él, como ha ocurrido con otros miembros de la familia. Siempre hemos tenido un guía que nos enseñe, como han sido también mi abuela y mis padres”.
Otro tito de los dos, Pepe Gámez, ayuda siempre que puede a sus dos sobrinos como voluntario. Su cariño por la Basílica es tan grande que no duda en cogerse de vacaciones el mes de septiembre, en la portería del edificio de justo enfrente de la parroquia, para echar un cable porque sabe que es el mes de la Virgen por excelencia y el de mayor actividad de la parroquia. Se encarga, además, de todos los arreglos florales que adornan la Basílica durante todo el año, del monumento del Jueves Santo, del Belén y de preparar algún que otro altar, como el de la Inmaculada. En los 44 años que lleva vinculado a la Basílica hay una figura que marca un punto de inflexión en su vida, “la señorita Mari Carmen, como llamábamos todos cariñosamente a esta profesora. Gracias ella me vine aquí a echar una mano, fui nombrado catequista, una labor que desarrollé durante diez años, y gracias a ella también aprendí a poner las flores a la Virgen. Ser catequista ha sido lo más bonito que me ha pasado aquí junto a mi primera salida en la procesión de la Virgen, llevando a los monaguillos. Lo recuerdo como algo muy grande”.
Por María Dolores Martínez